
Quisiera expresar mi dolor por la muerte de Andrés Montes. Hace menos de un mes le veía en televisión cuando se despedía en la final del Eurobasket de Polonia. Dejaba La Sexta de forma silenciosa, con un escueto adiós que me dejó estupefacto, aunque la alegría del triunfo español me impidió darme cuenta de cuánto iba a extrañarle al ver baloncesto.
Pertenezco a una minoría, esa pequeña parte de nuestro país que siente el baloncesto desde que es un niño, soñando con un entorno en el que se respeten todos los deportes, aunque no niego mi enorme pasión por el fútbol, pero siempre me sentí extraño: podía encontrar miles de personas con las que hablar de fútbol y casi nadie con quien hacerlo de baloncesto. Y fue el mismo Andrés Montes, con sus comentarios en las retransmisiones de la NBA, el que me animaba a seguir con mi otra afición, el que me hacía sentirme parte de algo mágico que conseguía dejarme despierto casi hasta el amanecer, partícipe de un juego en el que primaba la superación por encima de la competición, donde siempre que un partido terminaba los jugadores se abrazaban. Un deporte de caballeros.
Ya no podré cumplir mi sueño de conocerle, de darle las gracias por hacerme fuerte en mi amor al baloncesto, de decirle que por él quiero ser periodista. Como dijo en su última frase en televisión, que será siempre uno de los lemas que regirá mi existencia: "Porque la vida puede ser maravillosa". ¡Hasta siempre y gracias, Andrés!
Pertenezco a una minoría, esa pequeña parte de nuestro país que siente el baloncesto desde que es un niño, soñando con un entorno en el que se respeten todos los deportes, aunque no niego mi enorme pasión por el fútbol, pero siempre me sentí extraño: podía encontrar miles de personas con las que hablar de fútbol y casi nadie con quien hacerlo de baloncesto. Y fue el mismo Andrés Montes, con sus comentarios en las retransmisiones de la NBA, el que me animaba a seguir con mi otra afición, el que me hacía sentirme parte de algo mágico que conseguía dejarme despierto casi hasta el amanecer, partícipe de un juego en el que primaba la superación por encima de la competición, donde siempre que un partido terminaba los jugadores se abrazaban. Un deporte de caballeros.
Ya no podré cumplir mi sueño de conocerle, de darle las gracias por hacerme fuerte en mi amor al baloncesto, de decirle que por él quiero ser periodista. Como dijo en su última frase en televisión, que será siempre uno de los lemas que regirá mi existencia: "Porque la vida puede ser maravillosa". ¡Hasta siempre y gracias, Andrés!
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